Equipaje

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Mi naturaleza en extremo precavida me obligó a repasar la lista, aunque conociera cada ítem de memoria. Revisé por ultima vez la maleta recién comprada, solo para asegurarme que tuviera las dimensiones correctas. No había conseguido la misma marca, y no quería correr riesgos. Le quité las etiquetas y el plástico protector. Hora de empacar.

Siguiendo el orden de manera rigurosa, empaqué cada uno de los elementos del inventario. Un traje, cinco camisas, cinco calzoncillos, cinco pares de medias, un par de zapatos, un par de zapatillas, tres remeras, una campera y unos pantalones; además de unos cuantos accesorios. Todo nuevo, a estrenar. Después de tildar el ultimo punto, dejé el papel sobre la ropa antes de cerrar la maleta. La etiqueta de la valija ya tenia mi nombre y en la esquina superior derecha le agregué un diminuto "7". Di unas vueltas por la habitación para un último e innecesario control. Todo en su lugar. Revisé la billetera. Tenía algunos dólares, suficientes para moverme. Sólo restaba cargar el pasaporte con el Boarding Pass doblado en su interior.

El viaje al aeropuerto fue mas rápido de lo esperado, gracias al poco tráfico y a un taxista despierto. Llegué a la puerta de embarque con el tiempo justo. Una fila corta y poco problemática me dejó en el avión en pocos minutos. Un suave despegue, café con galletas y estaba a un paso de la conexión. Releí la tarjeta de embarque como para asegurarme de tener el correcto. "BKK", increíble. Finalmente, después de cientos de viajes me tocaba el turno de conocer Tailandia. Solo una semana y con la mayor parte del tiempo consumido por interminables reuniones, pero algo siempre es algo.

Salí del avión algo aturdido por el interminable viaje. Me alejé del área de equipaje sin molestarme en buscar la maleta. Aunque me quedara hasta marearme de tanto ver girar valijas, la mía jamás aparecería. Me acerqué al mostrador de la aerolínea con el pasaporte en mano y reclamé por mi equipaje perdido. Preparado, le dije a la amable agente que no tenía ticket, pero que con gusto esperaría a que revisara por el nombre. Volvió un par de minutos mas tarde cargando una maleta. Controló los datos con la identificación y acto seguido me la entregó. Pude sentir el cosquilleo de emoción en el estómago, mientras la giraba en busca de la etiqueta. Era la número "5".

Matador - Muchachos

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Los últimos días han sido raros. Cambié de movilidad por miedo a volver a cruzarme con ese taxista y me la pasé en la zona de tribunales, donde me subí a ese taxi. No recuerdo el auto, pero juro que si me vuelvo a encontrar con ese tipo lo voy a reconocer de inmediato y voy a tener que hacerle daño. Mucho daño.

El tema me tiene preocupado, pero no me ha impedido agregar unos cuantos billetes a mi cuenta gracias a las mejores y peores características de los seres humanos. En este caso, podemos decir que se trata de la codicia, pero podría tratarse de cualquier otra virtud.

El objetivo que me dieron en este caso, como en tantos otros, era un total desconocido para mi. Unas fotos, sin demasiada información; un lugar de trabajo y algunos horarios cotidianos. Comportamientos riesgosos o costumbres poco saludables había pocos, aunque era más que suficiente.

Lo seguí de cerca por una semana, para corroborar la información que me me habían proporcionado. Cuadraba, sin fisuras, pero eso no iba a ayudarme mucho para cumplir con los requerimientos del contrato. La más importante, triple pago si el caso se caratulaba como “Accidente”. Me tomó una semana adicional de investigación y estudio, pero finalmente encontré la solución. Un airbag aparentemente defectuoso y par de lápices de grafito fueron suficientes. Una obra de arte. Un trabajo limpio. Al día siguiente reconocí mi trabajo en las noticias. Un pez casi gordo. Un funcionario sindical en busca de su momento, sus quince minutos de fama o tal vez la cambiar la historia. Nunca tendría la oportunidad. Un pez más gordo lo vio como amenaza.

Giros

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Por más que le de vueltas y vueltas hasta marearme, me cuesta aceptar la idea de que en cuanto nos toque el momento de desaparecer, el mundo seguirá girando como si nada hubiera pasado. De la manera más despiadada que se pueda imaginar; la inercia monstruosa de una sociedad sin contemplaciones, sin tiempo para condolencias o signo alguno de humanidad. En minutos no seremos otra cosa que parte de la historia distante de la humanidad. Una huella si tenemos suerte, o una anécdota insustancial en la mayoría de los casos.

Luego del impacto y la sorpresa que tan solo se extenderá por una fracción de segundo, aquello que un día llegamos a considerar nuestro mundo volverá a la normalidad, o simplemente se adaptará. Incluso para quien tenga una familia; después de superar el duelo, sin importar su intensidad o el nivel de dependencia desarrollado, ellos de una manera u otra encontrará la salida. No hay otra alternativa.

¿Pero, por qué si todo es tan simple y lógico, nos cuesta tanto aceptarlo? ¿Por qué se siente como injusto que la tierra siga girando si uno se ausenta? Me lo pregunto, una y otra vez, desde la oscuridad de esta estúpida caja.

Signos

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Me preocupé en el instante mismo que pateé el avispero; y no me refiero en el sentido poético de la palabra, sino que en realidad le di una tremenda patada al panal de avispas que encontré pegado al eje de la rueda de una vieja cosechadora.

Una estupidez sin sentido, podrían decirme, sobre todo a la luz de los hechos. Pero lo cierto es que siguiendo un incontrolable impulso destructivo le di mi mejor zapatazo; ese soñado, ese que te convierte en un mito si lo que hubiera pateado fuera una pelota y esta hubiera terminado en el ángulo del arco contrario en la final de la Copa del Mundo. Pero no. En lugar de eso, el panal terminó en las manos de uno de mis amigos, quien que lo atajó con ambas manos.

Lo extraño es que no corrió. No chilló como un puerco, algo que yo con seguridad habría hecho. Se mantuvo inmóvil, mientras cientos de avispas negras se abalanzaban sobre él. Mi primer reacción fue por supuesto correr como condenado poniendo la mayor distancia posible con la nube de insectos. Una serie de pasos largos y ya estaba lo suficientemente lejos como para animarme a mirar atrás. Me sorprendió de inmediato que mi amigo no me seguía. Me detuve, y en cuanto vencí la rigidez en las piernas, volví a ver si él necesitaba mi ayuda.

Lo encontré sentado contra unto a una rueda gigantesca. Sollozaba con un sonido agudo, apenas perceptible. El rostro irreconocible, por incontables picaduras. No pude continuar mirando y no supe que hacer. Corrí a su casa con los ojos llorosos. Cinco cuadras de ida. Cinco de vuelta. Me acompañó su madre, sin hablar y con el rostro retorcido de preocupación.

Llegamos junto a él. La madre llegó primero e hincó una rodilla junto a él para revisarlo. Mirando sobre el hombro de la mujer, alcancé a ver que ya no sollozaba. No se movía. Ella le pasó la mano por detrás de la nuca y lo acercó a su pecho. Yo me desesperé al no observar signos de vida. Justo en ese momento él abrió los ojos, clavando la mirada en mi. Suerte que no soy alérgico, me dijo justo antes de desmayarse.

Ochenta

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Respirando con serenidad intentó estirar sus hombros arqueados por el tiempo apoyando sus manos sobre la mesa de piedra. Buscaba extraerle algo de calidez al tibio sol del invierno. Llevó sus dedos de manera instintiva e irresistible en busca de su barba ausente, añorando. Aún después de cincuenta años extrañaba la rugosa caricia; una sinfonía de cosquillas y a la vez su orgullo, su marca registrada. En contraste, su impoluto afeitado le pareció una vez más, aburrido e impersonal. Como cada mañana.

Sus días como sastre de barrio habían terminado, pero sabía que jamas tendría que preocuparse por el dinero, aunque ni siquiera le interesaba. Su única preocupación era volver a crear formas con las manos; no más telas; esperaba hacerlo con piedra y arcilla, como en su infancia. La memoria le jugó uno de sus trucos, llevándolo en un instante a esa lejana niñez y devolviéndolo de un golpe a una realidad que se le hacía innegable.

Otro cumpleaños. Luego del número setenta y nueve, estaba seguro que no habría otro festejo, por lo que la energía de esa mañana le sorprendió. El exceso de vitalidad y la longevidad inesperada lo llenó de ideas contradictorias y remordimientos. Se las había arreglado para mantener apartadas su intensa pero acotada vida anterior, de su gratificante, aburrida y extensa vida actual. Pensó en su bellísima esposa, allá lejos en el tiempo. Casi estuvo a punto de pronunciar su nombre en voz alta pero después de tantos años se sintió temeroso y las palabras se le atoraron en la garganta. Sus ojos se humedecieron una vez más. Sin poder evitarlo, los fantasmas de lo abandonado comenzaron a rondarlo. Cincuenta años de desazón, de revisar una y otra vez sus decisiones y la cadena de eventos que siguió. Las razones siempre se le hicieron válidas y comprensibles, su vida estaba en peligro a causa de su creciente popularidad y ascendencia con las masas. Su sonrisa sincera y contagiosa se había convertido en una amenaza para el Líder auto proclamado.

Vendió su alma al diablo para salvarse, pero con una condición: aquel líder obtuso y déspota viviría. Podrían ensañarse con el régimen, pero no le matarían. Había jurado proteger su vida, y lo haría aunque fuera desde el exilio, lo haría aunque estuviera huyendo de él.

Se recostó aún más sobre el sillón, recordando. Mil novecientos cincuenta y nueve, un Cessna desapareció sin dejar rastros. Aquel día murió por primera vez, al mismo tiempo nació la leyenda y su nuevo ser. deslizó la mano por la mesa del patio con las manos temblorosas, como si sus yemas callosas pudieran percibir el metálico FAR-53 incrustado en el concreto.

Hoy

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Hoy me desperté con el espíritu renovado; si es que tal cosa en verdad existe. Amanecí con un extraña esperanza, las cosas de una vez por todas cambiarían. Las señales se habían estado repitiendo de manera inequívoca, tangibles y alentadoras.

Primero fue un cambio de humor, lo que en la profundidad no es mas que una sensación. Luego fue una semana en la oficina, que comenzó como una deprimente acumulación de sobrecarga y frustraciones, para convertirse en una promesa. Poco a poco, la esperanza se convirtió en certeza. Se trataba de un cambio, el comienzo de una serie de eventos que me sacaría de la ingravidez.

La ducha caliente fue como un viaje en el tiempo. Junto al tipo del espejo decidimos que era el momento de renovar mi apariencia. Unas tijeras y la gastada afeitadora fueron suficientes para materializar el milagro. El nuevo Yo me pareció aceptable. Un buen punto de partida. Aún húmedo y con la toalla colgada al cuello, revolví el guardarropa buscando algo distinto. Otro cambio. Mi viejo traje, una camisa en relativo buen estado y unos zapatos nuevos fueron los elegidos. Obvié la corbata.

Dejé el departamento y elegí las escaleras para bajar los cinco pisos. Un día antes hubiera esperado lo que fuera por el ascensor. Abrí la puerta del edificio y una ráfaga mortecina me alcanzó; me atravesó sin piedad. Mi garganta se comprimió y volví la mirada. Me sorprendieron las mismas miradas ausentes, el mismo gris de la ciudad. Todo se veía exactamente igual que ayer. La evidencia se acumuló, abrumadora. Volví a entrar, nada había cambiado.

Enfermero

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Aún cuando se supo cercado por los investigadores, decidió continuar con su siniestro pasatiempo. Semana tras semana, se dedicaba a recorrer los pasillos de los hospitales en busca de pacientes en sufrimiento extremo para darle un punto final a su dolor. Las señales que buscaba eran claras e inconfundibles. Transparentes, a sus extraordinarios poderes de observación. Un ceño fruncido en penosa máscara o una mirada vacía de toda esperanza eran inequívocos indicadores.

El tiempo le había enseñado a reconocerlo y la experiencia a actuar en consecuencia. Sus métodos, que en los comienzos tenían la sutileza del ataque de hienas hambrientas, habían alcanzado la refinación del artista consagrado. Podía tratarse de una microscópica dosis de algún extraño medicamento o la inesperada falla del respirador mecánico, pero el patrón se repetía una y otra vez; el impecable y oportuno final para el sufrimiento desmedido.

Tal vez fue la indiferencia de la repetición o la cuidadosa investigación del comisario en jefe de la policía federal, pero lo cierto es que el círculo se había cerrado hasta casi asfixiarlo, dejándole pocas alternativas. Demasiadas coincidencias, demasiados registros.

Mientras el comisarios subía las escaleras del hospital escoltado por una docena de policías de elite, el enfermero, un regordete y cuarentón de oscuras facciones, se perdió en el depósito de insumos, reapareciendo segundos después como un camillero fortachón de facciones escandinavas.

Patrimonio

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Anoche salí a dar una vuelta. Necesitaba algunas cosas para la casa y también estirar un poco las piernas. Una necesidad que contribuye a la satisfacción de otra. ¿Que más se puede pedir? Elegí la zona del centro. Por un lado porque no está tan lejos y por el otro porque en general ahí consigo lo que necesito. Otro doblete.

La noche siempre ha sido una buena compañera de caminatas. El aire es distinto, casi fresco, aún en medio del verano. El tráfico disminuye hasta alcanzar el rango de lo tolerable y la ausencia se luz ayuda a resaltar características que delinean lo mejor de la arquitectura. La frenética actividad desaparece casi por completo, a excepción de algunas de extrema necesidad; legales y no tanto.

Me mantuve en los alrededores del microcentro, donde los intercambios comerciales son tan básicos como decadentes. Una zona extraña, plagada de personajes extraños y envueltos en actividades extrañas. Unos, parte del decorado, otros en paso fugaz buscando emociones.

Alargué el paso rondando un par de veces la misma cuadra, buscando. Un rato después, estaba de vuelta en casa con algunos víveres, unos mangos y una bala menos. Por supuesto, también algo más de que arrepentirme.

Amor a Primera Vista

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Fue en un instante inesperado, desmesurado; como casi todos esos momentos en la vida donde se gestan los “antes y después”. Las agujas del reloj se detuvieron y su sola visión me perturbó para siempre; aún cuando esa fue la primera y única vez que la vi. Un pestañeo, una imagen borrosa a través de un vidrio corrompido por confusos reflejos que se marcó a fuego en mi retina.

El tiempo volvió a la vida, pero esta vez en cámara lenta. Sentí elevarme, mis pies perdieron todo contacto con el terreno. Un cosquilleo interminable me invadió las tripas haciéndome sentir un paracaidista amateur.

Las cosas a mi alrededor volvieron quedarse inmóviles y me dio la impresión que acumulaban fuerzas para estallar en un golpe mortal. Los reflejos anaranjados del atardecer corrompieron la inmaculada percepción de aquel ángel de tez trigueña y sonrisa sincera, tiñendo el parabrisas del auto justo un antes de estrellar mi cara contra el vidrio.

Los eventos siguientes parecieron suceder con asombrosa velocidad y finalmente me trajeron hasta aquí, pero mientras aún estaba tendido en el suelo, esperando la ambulancia y escupiendo los rugosos vestigios de mis dientes, no pude menos que entristecerme por lo efímero del encuentro.

El Mar

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“Lo terrible del mar, es morir de sed”. Casi sonreí al recordar la lírica de Cerati pero lo ineludible de la situación me lo impidió. Miré a mi alrededor y solo alcancé a ver el interminable azul de diseño fantasmagórico, lleno de espejismos y desesperanza.

Lo etéreo de la felicidad que me embargaba horas atrás parecía haberse fugado por una ventana imaginaria. Traté de armar el rompecabezas mental, pero las piezas se habían mojado. La tarde tardó una década en convertirse en noche.

No pude comprender cómo la suerte me había abandonado, tomándome como una promesa en ascenso en las artes decorativas, disfrutando de un lujoso crucero repleto de otro tipo de promesas y abandonándome como a un triste náufrago abrazado a un improvisado salvavidas. Pensé en ponerme a patalear, pero no supe hacia dónde y opté por continuar inmóvil.

Aquella terrorífica tranquilidad de la noche sin luna fue aplastada por lo implacable del mediodía. Sed. La sed me desgarró la garganta como un guante de hierro incandescente. Rodeado de agua, y muerto de sed. Un titular amarillo como pocos.

Soy positivo. Supongo que alguien del barco notó mi ausencia. Me obligo a creerlo. La búsqueda debe estar en marcha. Es mejor estarse quieto y esperar.

Extremo

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La noche parecía haberse detenido en algún punto entre la caída de la oscuridad y los primeros aromas de pan recién horneado. El sueño se había ido sin razón aparente. Sólo unas pocas horas de descanso y otra vez con los ojos abiertos. Sabía que no tenía sentido luchar contra el desvelo por lo que me acerqué a la ventana del dormitorio a disfrutar de aquel observatorio de la vida nocturna.

Una serie de golpes secos en el techo me devolvieron a una realidad sin demasiados atractivos. Esperé, inmóvil con la vista fija en el techo. Nada. Segundos después, otra repetición de arrastre, golpe; arrastre, golpe en frenética sucesión. Luego un instante de silencio y estruendo al otro lado del departamento. Deambulé por el pasillo con el cuello torcido, aturdido por no poder obviar un dato objetivo e inobjetable; vivía en el último piso de un edificio de diecisiete plantas y no esperaba intrusos de madrugada. Alcancé el otro extremo, en la sala de TV; abrí el ventanal y me asomé al balcón. Nada. Volví la mirada al cielo, pero solo alcancé a ver el final de las rojizas tejas del techo. Estiré el cuello para ver en el balcón de mis únicos vecinos, pero solo vi calma y oscuridad.

Una vez más, el exasperante sonido avanzó hacia mi, aumentando de volumen con cada golpeteo. Cómo surgido de las tinieblas, un cuerpo se desbarrancó desde el techo, impactando en la baranda para luego estrellarse de espaldas en balcón. No supe que hacer. Sólo me quedé mirando, mientras mi vecino intentaba ponerse de pie, sobándose la espalda con una mano mientras en la otra sostenía el respaldar de una silla de plástico que había utilizado para deslizarse cuesta abajo por el techo inclinado del edificio, coqueteando mortalmente con el precipicio.

Al parecer, en su aburrimiento de vapores de cáñamo, mis vecinos habían descubierto el deporte extremo del futuro, urbano por naturaleza y estúpido por definición. Lo bautizaron tejing.

Encrucijada

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El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral. Aún sabiendo lo que ocurriría, optó por internarse en el Vaticano y enfrentar la hipocresía. El obispo que mantenía prisionero había confesado lo inimaginable: el nuevo Pontífice era un fraude, una oscura construcción con propósitos más profanos que espirituales.

Con sus principios y valores enfrentados, caminó rumbo a los aposentos papales a enfrentar al Santo Padre. Ordenó retirarse a la guardia personal. Cerró la puerta y se aproximó a su protegido. Esforzándose por mantener el pulso firme presionó con gentileza la daga contra la base del cuello del anciano. Le exigió la verdad. No fue necesario aplicar los tormentos impartidos a su prisionero. Obtuvo la confirmación.

Abandonó la habitación en silencio. Bajó hasta las mazmorras, asegurándose de no ser visto. Conteniendo la respiración, colocó una bolsa de plástico sobre la cabeza del obispo. Esperó unos minutos y arrastró el cuerpo hasta lo profundo de las catacumbas. "Secretum Santa", pensó.


Este cuento fue enviado al Concurso de de la Escuela de Escritores: Getafe negro 2011. Bases. Una frase de inicio: "El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral" 150 palabras. Obviamente, éste tampoco no ganó.

Centésimo

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El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral. El destino lo impidió en una serie de eventos que dieron comienzo pasada la medianoche. Escuchó la alarma y recorrió los laberintos del Vaticano a pasos largos. Quinientos años de nobleza pesaban sobre sus hombros.

Asumió el papel con altura, dirigiendo esfuerzos de aliados y sembrando la muerte entre los impuros. Una vida de feroz entrenamiento corrían en eléctricos impulsos hasta sus manos. A mitad de camino la falta de aire le sorprendió. Ignoró los síntomas. Continuó avanzando.

Dos puertas lo separaban de su objetivo. Su corazón bombeaba enfurecido. Todo se reducía a esos últimos metros. Vio a tres escoltas conduciendo al Santo Padre. Cambió las llaves por la daga. Alcanzó al rezagado con la boca seca. El muchacho le sonrió, él le cortó el cuello. Su Santidad al alcance. Un trueno. Su corazón falló, la misión también.


Este cuento fue enviado al Concurso de de la Escuela de Escritores: Getafe negro 2011. Bases. Una frase de inicio: "El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral" 150 palabras. Obviamente, éste tampoco no ganó.

Culpa

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El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral. Se sabía sin escapatoria. Con el Papa muerto a sus pies, sólo era cuestión de tiempo para que algún integrante de su grupo de obsecuentes apareciera en busca de alguna firma o tal vez de un gesto de aprobación.

Recorrió los aposentos, investigando. Debía existir una manera de escapar, una salida decorosa. No la encontró. Sentía desangrarse al mismo ritmo que su víctima, la energía lo abandonaba gradualmente. El plan, si es que alguna vez había existido, se deshacía como una escultura de arena. Le faltaron palabras. Se sentó de espaldas al cuerpo con los ojos cerrados y el ceño fruncido.

Lo que alguna vez vio como un plan sin errores, de pronto parecía no tener sentido. Poco creativo y lleno de potenciales fallas de libreto. Si algo podía fallar, fallaría. Así fue. El asesinato del Pontífice, misterioso y sin culpable frustrado en parte por frustrado por un vetusto picaporte.


Este cuento NO fue enviado al Concurso de de la Escuela de Escritores: Getafe negro 2011. Bases. Una frase de inicio: "El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral" 150 palabras. Obviamente no ganó.

Personal

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Sorprendido sería una manera de decirlo. No esperaba encontrarte aquí, no después de tanto tiempo. ¿Fueron nueve o diez años? Juraría que más pero supongo que también podría ser mi imaginación.

Te lo dije esa tarde que nos vimos por ultima vez. Solo es cuestión de tiempo. Si el destino lo quiere, se encargará de cruzarnos. Puede ser en un supermercado, en un bar o en una estación de trenes, pero la casualidad o la causalidad siempre se salen con la suya. ¿No es este encuentro testimonio suficiente?

Veo que te quedaste sin palabras. Me sorprende. Tal vez más que encontrarte, porque desde que te conozco jamás hubo un momento en que el silencio tuviera alguna oportunidad. Siempre sabías que decir, que responder. Tu lengua, filosa como pocas, podía causar profundas heridas. Heridas llenas de ponzoña, imposibles de cicatrizar.

¿Me pregunto, que estarás pensando en este momento? ¿Que ingeniosas palabras deambulan por esa cabecita tuya? ¿O a quién te dan ganas de llamar? Te he oído decir: "No es personal", pero ambos sabemos que en ese comentario se esconde una sucia y cobarde mentira. Siempre es personal, especialmente si tu declaración me costó diez años en el infierno.

Movimiento

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Fue mientras conducía como endemoniado por la autopista que tomé conciencia de algunos hechos fundamentales. Con los ojos entrecerrados por la luz del atardecer, supuse que podría evitar que el sol se alejara de mi. Aceleré hasta los limites de mi motocicleta al tiempo que intentaba calcular la velocidad de rotación de la tierra. Las vibraciones del motor corrían hasta mis encías en oleadas imparables como viento huracanado.

La tierra se movía inexorablemente y si era capaz de igualar su velocidad, sería como detener el tiempo aunque mas no sea por un instante. Me dejé arrastrar por el exceso de imaginación y me olvidé por completo de la autopista. Si la tierra completa un giro en veinticuatro horas, solo era cuestión de conocer la circunferencia total del planeta y dividir por veinticuatro. No pude recordar la distancia, pero imaginé que distaría bastante de los doscientos cuarenta quilómetros por hora, y que a medida que nos alejáramos del ecuador la velocidad de rotación sería menor. Fruncí los labios, sorprendido de mi propia sabiduría.

Retomé cierto contacto con la realidad, evitando así terminar decorando las paginas de algún pasquín de segunda. Volví a casa dispuesto a hacer los correcto. Investigué unas cuantas horas, rehice mis planes y conseguí la correcta combinación de rutas aéreas y modelos de aviones. Vacié mi cuenta de ahorros y salí en busca de este sueño. Esperé. Dos días después y en camino hacia algún lugar, me calcé los auriculares para disfrutar de esa melodía cercana a la perfección. Cerré los ojos, y juraría que por un instante, el tiempo se detuvo.

Ascensor

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Caminé a pasos largos por las calles de la ciudad enfurecida tratando de escapar de las garras del viento. No pude más que maldecir mi estúpido optimismo, esperaba se materialice el clima primaveral que había imaginado al vestirme; pero de alguna manera, me encontré caminando con mi nuevo traje veraniego en medio de una ventisca polar.

Llegué al juzgado casi media hora tarde, pero me sentí casi aliviado al recordar la tolerancia a los desmanes horarios de nuestro sistema judicial. Logré escabullirme entre la multitud del ingreso sólo para descubrir que debía formar una fila para montarme en el ascensor. Nueve pisos, pensé. Sumando mi estado físico deplorable a la cantidad de escalones, el único resultado probable era llegar jadeando y transpirando como cerdo. Imaginé a los funcionarios atravesándome con sus miradas acusadoras por culpa de la frente sudorosa. Opté por la fila y el ascensor.

Volví al frío del exterior y recorrí unos cincuenta metros de gente deseosa de huir despavorida. Esperé allí a la intemperie. Avancé unos pocos pasos y seguí esperando. En pocos minutos pude descifrar los tormentos reflejados en los rostros ausentes. Mejor imposible, pensé. Acá estoy y allá voy.

Solo cuando estuve a unos pocos pasos de treparme al ascensor, alcancé a ver una de las causas de tan poco dinamismo en el ingreso al edificio. Dentro del ascensor, un (llamémosle) ascensorista sentado en una silla improvisada y ocupando el espacio equivalente a por lo menos tres personas. Si a eso le sumamos la estudiada lentitud de sus movimientos, se convertía en un patético ejemplo del asqueroso derroche de tiempo y dinero, propio de las decisiones surgidas de las entrañas putrefactas de la burocracia. Un rostro de mirada ausente, haciendo equilibrio entre el vergonzoso aburrimiento y la depresión suicida. Apenas respondía a los saludos de sus pasajeros al montarse al aparato con un sonido nasal ininteligible.

Esperé unos pocos minutos más, verificando la hora a un promedio de dos veces por minuto. Final del tiempo de descuento. Las puertas se abrieron y las personas que tenía delante mío en la fila se abalanzaron dentro de la caja metálica. Los seguí de cerca pero me encontré con la señal menos esperada. Una palma extendida hacia mi rostro. Interpreté que la máxima cantidad de ocupantes había sido alcanzada, o al menos la que el procedimiento indicaba. Antes de ver la puerta cerrase ante mis ojos, pude comprobar que el ascensor no era otra cosa que un aparato automático, tan común como un día soleado y donde hasta el más estúpido podría presionar el botón correcto que lo lleve al piso deseado. Supuse que se les habían acabado los las computadoras, los sellos y las ventanillas y aun quedaba gente para ubicar.

Finalmente las puertas volvieron a abrirse. Esperé impaciente la salida de algunos trajeados. Aliviado por el final de la demora, di un paso largo, controlando el deseo de saltar adentro. La palma extendida volvió a impedirme al paso. Sorprendido, barrí el lugar con la mirada. Vacío. Volví los ojos hacia el funcionario en busca de respuestas. "Voy hasta el subsuelo" me dijo con un graznido. Le expliqué que no tenía problema, que bajaba con él y luego subiría; necesitaba abandonar la inmovilidad. "¡Voy hasta el subsuelo!" repitió cruzándome el brazo a la altura del pecho e impidiéndome el ingreso. Dando un paso atrás y con el rostro ardiendo de la bronca, volví a ver las hojas de la puerta cerrarse ante mi. No miré a nadie. Esperé. Segundos mas tarde las puertas se abrieron. Nadie, excepto el maquinista. Entré sin contratiempos y le proporcioné la compleja indicación de mi destino: "9". La ejecutó sin inconvenientes.

Con algunos minutos de retraso, alcancé las oficinas en la que varias personas me esperaban inquietas. El tiempo fluyó con suavidad. Terminada la audiencia me despedí de todos y me alejé rumbo a la salida. Me paré frente al ascensor y estuve a punto de quedarme a esperar. Me limité a sonreír y bajé trotando por las escaleras.

El Guardaespaldas

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Desde el primer momento supe que el trabajo no tenía sentido, pero que diablos me importaba, era un trabajo. Cuando uno lleva ocho meses sin ganar un peso, hasta el puesto mas estúpido y aburrido se convierte en una gran oportunidad. Sentado frente mi futuro empleador, calculo que me tomó unos tres segundos decidir. No llegué a regatear el salario. Acepté a la primera oferta. Sabía que él conocía mi situación con absoluta claridad, así que no le vi sentido a prolongar lo inevitable. Lo estudié detenidamente, intentando comprender el por qué de su repentina necesidad. No era un acaudalado, no tenia negocios ni remotamente turbios, no tenia enemigos declarados ni otra amenaza latente. Nada. De un día para otro, se le había puesto en la cabeza que alguien intentaría matarlo antes de su cumpleaños. Eso le daba dos semanas de vida, según lo que pude averiguar en ese momento. Por un instante, estuve a punto de darle mi opinión al respecto respecto pero el solo recuerdo del color rojo de la cuenta corriente logró hacerme cambiar de opinión.

Sin familia y con apenas un puñado de amigos que rara vez veo, aproveché para aceptar el empleo a tiempo completo, tal como me lo ofreció. Un escalón menos que esclavo, intuí. Esto implicaba estar todo el día disponible durante la duración del contrato; a excepción de un tiempo razonable para descansar y para algún trámite personal. Accedí a mudarme a su casa, lo que agregaba "cero gastos" a la ya interesante compensación.

Durante esas dos semanas me dediqué con empeño en búsqueda amenazas fantasmas, escruté cada edificio a la caza de tiradores agazapados que sabía no estarían. Probé sus comidas, vinos y hasta sus cigarros a modo de vano sacrificio por mi empleador.

Continuamos la rutina, como cansados bailarines de épocas pasadas. Intenté varias veces encontrar una razón, o significado para su ridícula paranoia pero jamás conseguí otra cosa que palabras esquivas y monosílabos carentes de significado. Mantuve las apariencias por esas dos semanas, pero al final, las dudas comenzaron a acecharme como buitres hambrientos. Esa última noche estuve seguro de haber visto movimientos sospechosos entre los dependientes del restaurante donde festejó su sexagésimo aniversario. Llegué a revisar al que cargaba una cicatriz sospechosa solo por su apariencia de matón venido a menos, mas no me dio la satisfacción de cargar nada amenazante. A la mañana siguiente encontré una carta en la cocina, un austero agradecimiento manuscrito y un cheque por el valor acordado. Jamás volví a saber de él.

Definitivo

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Caminó en silencio con los brazos junto al cuerpo, casi sin fuerzas, ajeno a la temperatura exterior o a los vaivenes del mercado. Los pasos cortos y desganados lo llevaron de un rincón a otro de la casa cual fantasma errante. Las pequeñas trivialidades de la vida continuaban como un eterno péndulo, pero la cena fue algo que no pudo honrar. No podía comer con el estómago comprimido. Solo se permitió mordisquear una manzana arenosa y con gusto a nada. Las tripas le gruñeron en respuesta, pero no supo interpretar su significado.

Se hizo muchas preguntas sobre el pasado y el extraño efecto causal en el presente; pero por sobre todo se hizo preguntas que no pudo contestar sobre el futuro. Levantando la vista al frente, todo se veía borroso y desencajado. Buscó una idea en la que enfocarse, algo que le permitiera apalancarse para salir del pantano en el que se encontraba. No lo consiguió. El pesimismo que durante años lo había caracterizado y hasta divertido, hoy se convertía en un enorme contrapeso que lo empujaba hacia el fondo del abismo.

Creyó haber superado lo peor, pero de alguna manera, el hecho de empacar su ropa por ultima vez le parecía más sombrío y definitivo que contemplar las llamas envolver el féretro de su compañera.

Aurora

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Desperté sobresaltado. Alguien se había colado en mi dormitorio y una penetrante mezcla de aromas atravesó las tinieblas del amanecer. Aun en medio de la somnolencia, fui capaz de deducir que si unos chorros quieren robarte y molerte a palos no entran con una bolsa de facturas y una taza de café humeante, por lo que de inmediato me tranquilicé.

Me pregunté cuanto tiempo llevaría ella teniendo las llaves de mi departamento, pero me pareció innecesario preguntarle. Si yo se las había dado, con seguridad tendría una buena razón; y si ella las había tomado, era de esperar que fuera por que sintió la necesidad de estrechar los lazos. O tal vez le di demasiadas vueltas al asunto y una vez más dejé que las llaves del departamento colgaran del lado de afuera de la puerta.

Con exceso de gentileza corrió las cortinas solo un poco, lo suficiente como para no andar a tientas y vernos las caras, pero no tanto como para molestarme. La invité a sentarse en la cama, tal vez más preocupado por hacerme de la taza que por verla parada.

Le di un sorbo largo y ruidoso, dejando entrar más aire que café para disfrutar del aroma. Exquisito. Tuve que reconocer que la inversión granos recién molidos fue un éxito. Ella me miró con una sonrisa triste, al tiempo que me alcanzaba la bolsa con medialunas. “Tenemos que hablar” me dijo, y de inmediato supe que no serían buenas noticias. La dejé desahogarse y la vi partir secándose las lágrimas. Sin dejar de contemplar la puerta, seguí sorbiendo el café y mordisqueando medialunas, para cuando vi el fondo de la taza, las tinieblas del amanecer se habían disipado.